Todas las televisiones del país y prácticamente del planeta estaban sintonizadas en un mismo canal. La plaza se hallaba a rebosar de autoridades,políticos, medios y ciudadanos expectantes. A pesar de la masa congregada en un lugar tan emblemático, no se oía ni un alma. El momento histórico que se iba a producir lo requería. Por primera vez en la historia de la nación se iba a vivir un capitulo olímpico.
El presidente se dirigió a su pueblo. Fue un discurso breve. Hacia frío y el relevista estaba a punto de aparecer en la plaza. Cuando Putin acabo de hablar, un miembro de la organización del evento le indico que el plus marquista mundial estaba a escasos metros de la plaza y que esperaba la orden para cruzarla. Se alejo unos centímetros del micrófono y dijo un "sí" rotundo y rápido. El momento había llegado. Moscú ya era ciudad olímpica. La llama estaba allí. Solo quedaba recibirla y cambiarla de manos ante los ojos del mundo.
La multitud estalló y comenzó a jalear a su astro nacional. El corría como un rayo hacia un punto fijo, el que le habían indicado días antes durante los ensayos, sin atender a los miles de flashes que le rodeaban y a los brazos desconocidos que le asían. Llevaba consigo el símbolo de los próximos acontecimientos deportivos.Llegó hasta el presidente en pocos segundos, con la llama en alto, raudo, veloz y orgulloso. Putin recibió el pebetero con gran ceremonia y lo brindo al gentío, que agradeció su gesto. El momento cumbre había llegado.
Cuando el nuevo relevista enfiló la salida de la plaza los focos habían disminuido, y también los espectadores. Su fama no era ni tan fulgurante ni tan mediática, así que era normal. Tampoco le dolía. Ni le sorprendía. Son los gajes del oficio y las consecuencias de haberse dedicado a un deporte minoritario. Alcanzo la gran avenida al trote.
Un hombre empezó a gritarle, y luego otro. Y otro. Y otro. Y otro. Miró al pebetero...apagado.Su primer impulso fue parar. El segundo buscar las cámaras. Si, eran pocas pero estaban allí. Le empezó a sudar todo el cuerpo, peor que al paso por cualquier meta. No sabía qué hacer y la organización tampoco se pronunciaba.
¿Quieres fuego? Le gritó un policía desde el cordón de seguridad. Solo le dio tiempo a girar la cabeza hacia donde se encontraba el providencial espontaneo y ver cómo le enseñaba un encendedor tipo zippo, un objeto casi de coleccionista que ahora había caído del cielo. Sin tiempo a contestar ni a pensar y sin órdenes de la organización a la vista el corredor paró, retrocedió y aceptó el fuego amigo.

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