sábado, 4 de enero de 2014

A las estatuas humanas de la Rambla

Era rojo. Con pequeñas y brillantes escamas. Dos ojos minúsculos, un par de botones, se fijaban en la pared, de un negro cavernario. Su larga cola, teniendo en cuenta sus diminutas dimensiones, se movía de arriba abajo, de abajo arriba. Era un pequeño cometa acuático. Iba, dale que te pego, surcando el reducido mar de una pecera de cristal. Tras subirla y bajarla en cuatro ocasiones en décimas de segundo, como un pez endiablado, posó sus escamas, su cerebro de pez y su mirada inexpresiva, como de pescado hervido, en el marco de fotos que estaba colocado entre la pecera y la pared. Su memoria de auténtico pez no era capaz de procesar lo que veía como unas cien veces al día. Siempre era la misma imagen. Ésta no cambiaba. Era Marina. Muy adecuado el nombre para el ser que la contemplaba sin poder recordarla. El pez revolotea desde su pecera a la altura de los ojos humanos de ella. Tan vívidos pero tan acostumbrados a la vez a no moverse durante horas, dada su naturaleza fotográfica. Parecía que hubiesen aprendido este arte del mismísimo pez.



Esta imagen inerte es la mitad del mundo de un pez que su dueña tiene desde que hace un mes se lo regalara Paca, su amiga de la tienda de animales. La otra mitad de su universo son una cama y una ventana, casi siempre cerrada. Ahora la cama está vacía y deshecha. Las dos almohadas aún mantienen la forma de quién las ocupó. Una Marina en horas bajas. Casi ahogándose.

Manos blancas, guantes calados hasta los nudillos.El vestido también blanco, largo, de algodón. Lo ayuda a abultarse como un paraguas puesto del revés un can can medio roto. No lleva medias, pero el vestido le tapa los tobillos, al igual que los botines, de un blanco roto. No había dinero para más. Rizos y más rizos, de tacto plastificado, le brotan del nacimiento de la frente y le caen a la altura del codo derecho. El izquierdo lo tiene elevado. Lleva en ese brazo un paraguas negro moteado de gotas blancas estampadas que simulan la lluvia que no acostumbra a caer por estas fechas en el lugar.



Su cara enharinada con polvos de talco luce en una mejilla una lágrima plateada. Los ojos son discípulos del pez, alumnos inmóviles y aplicados de su compañero animal. El color: azul de aguamarina. Pasan diez minutos de las diez y lleva aquí plantada media hora. Apenas un café y una tostada fría en el estómago. Se oye un clin clin clin. Unas manos pequeñas y rosadas introducen una moneda de euro en el paraguas abierto al revés que ahora descansa sobre el suelo. La dama baja el brazo izquierdo y lo une al derecho para tocar el paraguas, que no es de época. Con sus ojos abesugados, grandes y rasgados, mira fijamente a la niña rubia de la moneda. Y le guiña un ojo.

Barcelona, 26/12/2008